Me llamo Camilo Restrepo. Nací en Armenia, crecí entre cafetales familiares en el Quindío y estudié arquitectura en Bogotá. Durante los primeros cinco años viviendo solo en apartamentos de arriendo, el único contacto con las plantas que tuve fue el típico chifonier con una mata de millonaria agonizante y un helecho seco en el baño que nunca vio el sol.
En 2016 me mudé a un cuarto piso en Chapinero Alto con un balcón alargado de tres metros y medio orientado hacia el oriente. Me propuse llenarlo de verde. Como casi todo novato con ganas, cometí todas las torpezas posibles: me fui un fin de semana a los viveros de Fusagasugá y me gasté más de cuatrocientos mil pesos en albahacas gigantes, anturios holandeses, orquídeas en canasto y plántulas de tomate.
En menos de un mes, la mitad de las plantas estaban muertas. La albahaca se pudrió con el frío de la madrugada; las raíces del tomate se ahogaron en una tierra arcillosa negra que compré en la plaza y que se apelmazó como cemento; y el viento que baja de los cerros orientales partió las ramas más tiernas de los pimentones.
De la frustración a la libreta de notas
Empecé a hablar los sábados temprano con los vendedores mayores de la plaza de Paloquemao, con gente que baja bultos de cascarilla de arroz desde el Espinal y con amigos egresados de agronomía de la Universidad Nacional de Colombia en Bogotá.
Fui anotando en un cuaderno escolar qué plantas sobrevivían de verdad a la intemperie urbana, cómo reaccionaban las macetas de barro de Ráquira frente a las jardineras plásticas de ferretería, y qué proporciones de arena de peña, tierra y cascarilla permitían que una raíz respirara a pesar de una semana entera de aguaceros bogotanos en mayo.
Con los años, mis clientes de arquitectura de interiores comenzaron a pedirme asesoría no solo para el mobiliario y la iluminación, sino para saber qué poner en sus terrazas en Bogotá, Chía, Rionegro o Medellín sin que las matas se murieran al mes de entregada la obra.
Nuestra filosofía de trabajo
- Priorizar insumos locales: Promover el uso de cascarilla de arroz, abono de lombriz campesino y materas de alfareros de Ráquira o Boyacá, en lugar de plásticos descartables o sustratos importados a precio de oro.
- Realismo sobre la huerta casera: Nadie se va a independizar del supermercado con un balcón de dos metros cuadrados. La huerta doméstica es para aprender los ciclos, tener hierbas frescas sin pesticidas y reconectar con la comida.
- Independencia total: En Balcón Andino no recibimos pagos de marcas de agroquímicos ni recomendamos marcas de fertilizantes milagrosos. Todo lo que aquí se reseña ha sido probado con nuestras propias manos y con recursos normales.
Hoy en día, este sitio web funciona como un archivo abierto y gratuito para cualquier persona en Colombia que quiera tener plantas sanas en su vivienda sin sentirse culpable por haber matado una albahaca de vivero.